Las máquinas, ¿amigas o enemigas?
Cada vez que una novedad tecnológica se pone al alcance de la población general, surge un coro de visionarios agoreros. Rápidamente aparece quien nos vaticina los serios peligros que nos acechan si osamos emplear tal o cual artilugio.
Puede que estos augurios pesimistas surjan para contrarrestar el canto a las excelencias de ese mismo aparato, artefacto o máquina, que hacen quienes lo presentan en sociedad.
Pero como sabemos que un ejemplo (aunque sea malo) es mejor que muchas palabras… Allá vamos:
Recuerdo que cuando era pequeña mi madre utilizaba una olla a presión para cocinar. Cuando la olla se encontraba funcionando en la cocina, los pequeños de la casa teníamos que salir de allí: ¡había peligro de que la olla en cualquier momento pudiera explotar! Eso era lo que se decía por aquélla época de tan novedoso invento.
Pero esta creencia no es tan rara si pensamos que las lavadoras automáticas estropeaban la ropa o que el papel de aluminio y los microondas provocaban cáncer. Hoy en día sabemos que nada de eso es rigurosamente cierto. Aunque todos conocemos a alguien, que conoce a alguien, que se ha quemado cara y manos por una mala manipulación de la olla. Y ¿a quien no se le ha desteñido una prenda de color por usar lejía? Pero no por ello seguimos lavando la ropa a mano en el pilón.
Tal vez, el caso más claro que podemos poner como ejemplo sea lo ocurrido con las computadoras; uno de los inventos que más ha influido en nuestra vida cotidiana.
En los años en los que yo iniciaba la carrera de Psicología, había en la Facultad un cuarto enorme lleno de grandes máquinas computadoras que funcionaban mediante tarjetas perforadas.
En aquella época se vaticinaba que las máquinas acabarían por echar a los trabajadores a la calle ya que eran capaces de realizar largos y tediosos procesos en pocos minutos y sin cometer errores. Y para mayor gloria de estos grandes aparatos no se quejaban del jefe, ni pedían aumento de sueldo.
Han pasado dos décadas y las computadoras de entonces son hoy aparatos arcaicos. Estamos viviendo una nueva revolución tecnológica y las máquinas no han terminado con los empleos, los han humanizado y los han hecho más llevaderos. No se ha echado a la calle a los trabajadores, se han reconvertido sus puestos de trabajo. Y a su vez, han aparecido nuevas necesidades y nuevas profesiones que dan servicio a los nuevos usuarios de esta tecnología.
Quienes pensaron que invirtiendo sólo en maquinaria podrían ahorrar costes en Recursos Humanos, demostraron tener poca visión de futuro.
Podrán cambiar las tareas que desempeñan las personas, los puestos de trabajo y las necesidades de las empresas, pero el tiempo ha demostrado que en cualquier empresa el factor humano sigue siendo imprescindible e irremplazable.
Quienes pensaron que con la llegada de las maquinas se ahorrarían pagar horas por enfermedad, permisos, vacaciones y bajas laborales, se olvidaron que la maquinaria también necesita revisiones, reparaciones y sustituciones por término de su vida útil o por desfase tecnológico.
Si analizamos a las grandes empresas de cualquier rincón del mundo, comprobamos que aquellas que dan mayores beneficios siguen siendo las que saben compaginar las ventajas de la tecnología con el trabajo de un equipo humano formado y motivado para operar con esa maquinaria.